De una butaca mirando los Olímpicos a empacar dicha butaca…

Estamos a punto de terminar Febrero y con ello dar inicio al 3er. mes del 2022. ¡Ya el tercer mes!

Es súper loco el avance del tiempo. No sólo lo digo por el hecho de que ya hayamos pasado 60 días y pico del «nuevo» año, sino porque de nuevo vinieron otros olímpicos de invierno. Quizá sea obvio mi gusto y expectación por esta justa olímpica; desde mi cuenta de Instagram y Facebook estuve compartiendo los enlaces y horarios para ver todas las competencias de Patinaje Artístico de estos JJOO. Pero créanme que mi aprecio por los Juegos de Invierno son mucho más que mi gusto por el patinaje y sus deportistas.

Hace 4 años, en otros Juegos de Invierno…

Los Juegos Olímpicos de este año fueron celebrados en Beijing. Se dijo mucho acerca de ello, por las cuestiones de régimen político y ambiental que se viven en China; pero de eso podríamos hablar en otro artículo. Mis primeros JJOO de Invierno, vistos con atención fueron en otra ciudad de Asia: Pyeonchang, Corea de Sur, en el 2018. Ya conté hasta cansarlos lo importante que fueron esos Juegos para marcar un antes y un después en mi gusto y atención al Patinaje Artístico. Y también ya he contado la influencia posterior que estos Juegos tendrían para comenzar a escribir Vivir de Sueños.

Es muy cautivador para mí cómo la vida puede dar giros sin que necesariamente tengan que ser intensos al principio. Más bien como pequeños saltos de prueba para entonces impulsarte y dar el gran salchow o axel de la vida (y sí, esos son saltos de patinaje, la metáfora salió sin pensar). Lo que trato de decir es que la semana que comencé a ver esos Juegos de Invierno en Pyegonchang, jamás se me ocurriría que esos vistazos amateurs darían pie a situaciones tan impresionantes en mi vida. Y mucho menos me imaginé que los siguientes JJOO los vería también, pero desde una butaca completamente diferente y con una mente completamente distinta. La Elizabeth que miró sus primeros Juegos hace cuatro años NO es la misma que los vio este año (y no es un hipérbole, sino una afirmación muy en serio).

Cuánto cuesta prepararse, cuánto cuestan los sueños, cuánto cuesta ganar… Más que el Oro.

Estos Olímpicos estuvieron llenos de emociones para mí. Y de distinciones. Digamos que la “madurez” con la que pude verlos fue muy clara y distinta. Por ejemplo, en lugar de ver una competencia tras otra, sin la menor idea de las disciplinas, los horarios, los competidores, en fin… Completamente ignorante a lo que veía; este año encendí la televisión desde el canal de streaming, con la completa consciencia de qué competencia seguía en el horario, quiénes eran los competidores más fuertes (aunque no necesariamente mis favoritos), quiénes los posibles ganadores y cuáles sus fortalezas o debilidades. Este año, no sólo me quedé con la boca abierta al ver patinadores que caían y se levantaban, sino que ya fui consciente de sus nombres, sus trayectorias y lo “injusto” que fue errar justamente en la pista olímpica.

Este año, al conocer a casi todos los competidores (después de tener los últimos 4 años para involucrarme de lleno con el Patinaje Artístico), pude enojarme con las polémicas que le crearon a Kamila Valieva (una chica rusa de 15 años, favorita al podio hasta el “invento” de un dopaje todavía no resuelto); pude emocionarme con el casi logrado Cuádruple Axel de Yuzuru Hanyu (y entender que ese salto vale más que cualquier oro); pude conmoverme con Donovan Carrillo al ser el primer representante en patinaje varonil de México (¡en 30 años!); pude aplaudir el logro de mi pareja favorita Tarasova/Morozov, a quienes vi por primera vez en los JJOO de Pyeongchang, perdiendo por muy poco y quedando fuera del podio (y después de 4 años de un esfuerzo intensísimo, lograron obtener su plata merecida).

En fin… Este año, la Elizabeth que disfrutó los Juegos de Invierno con su hermana nuevamente, no sólo había cambiado en su bagaje del patinaje, para mirarlo desde un prisma más conciso, más objetivo y de más aprecio. Esta Elizabeth también ha dejado muchos miedos, muchas dudas y tanta incredulidad que aquella Elizabeth cargaba en medio de un periodo muy oscuro. Esta Elizabeth no sólo ha crecido, por Gracia de Dios, en fe y ánimo, sino que ha tenido la dicha de ver a muchos de sus seres amados crecer también en las Manos del Redentor. Esa Elizabeth, hace 4 años, sólo veía patinadores cayendo, asombrada por su capacidad de levantarse, preguntándose cómo era posible que lo hicieran, tan velozmente, sin represalias…

Pero esta Elizabeth que hoy escribe, ya sabe la respuesta.

Cambio de Olímpicos… Cambio de casa

¿No es curioso cómo coinciden algunos tiempos? Como personas de fe, sabemos que no existen realmente las “casualidades”, sino la mirada proveedora y sabia de Dios. Mi hermana y mejor amiga tuvimos que dejar la casa de nuestro padre, hace 4 años (poco después del período Olímpico), para aventurarnos en esa emocionante pero también angustiante barca de la “independencia”. Ese fue el inicio de un viaje que, ay, tardaría mucho en contar, pero que sin duda fue la transición de cambios que ya he mencionado.

Cuando llegó enero de este año, mi emoción por los nuevos JJOO se despertó, pero pocos días después de iniciar el mes, llegó la noticia: el rentero quería usar su casa, llegaba la hora de partir. Así, inesperado, con sólo dos meses y medio para encontrar una nueva morada en donde no sólo tuvieran espacio dos hermanas, también un perro y 5 conejitos. Otro enorme cambio, otro paso nuevo, ¡justo en otros Olímpicos!

¿Qué quiere decirnos el Señor cuando marca tiempos tan exactos? Mi emoción por los JJOO se ha convertido en pura reflexión, oración y súplica. Y digo “se ha convertido”, porque aun si los Olímpicos ya terminaron, y también la mudanza (después de unas semanas apabullantes), la reflexión sigue. Y eso es lo que me trae aquí. Porque, ¿sabes? Hace 4 años, cuando nos mudamos por primera vez y comenzó a hilvanarse Vivir de Sueños, el Señor me regaló el deseo de escribir para poder redirigir mis miedos y dudas en los miedos y dudas de los personajes en la trama; me otorgó horas de imaginación, proceso de escritura, corrección y lectura con Cary RH, a tal grado que el meollo de problemas se disolvió en mi cabeza y perdía su control sobre mí. Tuve paz, nueva fe y anhelo por vivir cuando ya lo sentía perdido.

Y todo eso, querido amigo y lector, está plasmado en Un Plan Mayor (ahora lo veo). Así que no puedo dejar de preguntarme qué es lo que viene. Justo ahora, escribiendo la última parte de la trilogía, encontrando nuevas direcciones que antes no había pensado para el desenlace, con una nueva perspectiva de quién es el Señor y el extraordinario plan que tiene para cada persona… En una nueva casa, finalizando otros olímpicos, escribiendo para lectores que jamás creí tener, cautivada por lo que Jesús aún desea hacer en mi vida, miro al frente y digo, ¿hasta dónde me harás volar, Señor? ¿Cuántas caídas habrá y cómo me levantarás? ¿Cuánto más puedes amarme? ¿Cuánto más quieres renovarme?

No lo sé… Sigo escribiendo, descubriendo, creciendo.

Anhelo con mi corazón que tú, leyendo esto… tú también.

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