El Sábado más largo de la historia…

Jacques-Joseph Tissot, Francia, 1896. «Las dos Marías ante la tumba».

Así los imagino.

Sentados en la misma sala, cabizbajos, quizá alguno de ellos mirando de vez en vez por las cortinas de las ventanas cerradas. Callados. O mejor dicho, sin la capacidad de decir nada. Los 11 discípulos que quedan y algún otro agregado que formaba parte del grupo de creyentes, pero no tan fervientes como para admitirlo abiertamente la noche y el día anterior.

El Maestro ha muerto. Lo sepultaron ayer, antes de que empezara la primera hora hacia el Sabbat. Jesús de Nazaret, el hombre al que seguían… Ha muerto.

Ayer vieron su sangre correr, su cuerpo desfigurarse, sus clamores por agua, por su Padre en los Cielos, por la gente en la Tierra mofándose de él. Desde muy lejos, lo vieron, y lo oyeron. Y por eso la saben. El Hijo del Hombre, el que compartió con ellos el pan durante 3 años, al que siguieron no sólo por sus palabras, ni por sus hechos prodigiosos, sino por su corazón manso y humilde… Sí, está muerto.

Es otro Sabbat, pero no es un Día de Reposo en lo absoluto para los que han depositado su esperanza en Jesús…

El Sábado del Silencio en nuestras vidas…

Estos días han sido emocionalmente difíciles. No me toca decir ahora los por qués, pero sólo diré que las últimas semanas se han sentido como adentrarme en una nube espesa. Una nube de dudas, de miedos, de viejos recuerdos que nublaron por completo mis convicciones y mi fe. Sé que muchos se han sentido así, y sé que, a veces, por la apariencia de fe indoblegable, solemos ocultar nuestra tristeza para pretender que seguimos fuertes, que seguimos creyendo, que seguimos siendo invencibles en Cristo (sólo de dientes para afuera).

En medio de esta bruma espiritual tocó entrar a lo que en México (y Latinoamérica) llamamos la Semana Santa, especialmente los tres días in memoriam de un acontecimiento que no sólo marcó la historia del cristianismo sino de la humanidad (lo quieran admitir o no quienes no creen en Jesús). El punto es que, en años pasados mi mente se ha concentrado en el día de la cruz y el día de la resurrección. Viernes y domingo. Como es usual entre creyentes, estos son obviamente los días más relevantes de nuestra fe.

Pero este año, esta semana donde (me avergüenza admitirlo) me he quejado y llorado contra mi Señor y su “silencio”, este año pensé por primera vez en el Sabbat sin Maestro. ¿Lo has reflexionado? Este año, pareciera que allá arriba Alguien me hizo pensar a propósito en ese día cuando los apóstoles y otros fieles amigos y seguidores de Jesús se disgregaron en pensamientos de tristeza por lo que acababan de ver y el porvenir oscuro que les esperaba. Las palabras y las profecías de una resurrección y derrota a la muerte no tenían cabida en estas mentes destruidas por la larga noche y mañana de juicio, por los azotes, por las burlas, por los gritos, los clavos, el olor de la sangre y la carne abierta, el llanto de las mujeres (incluida la mamá de su Maestro), mezcladas al sudor, al cansancio, al llanto propio de todos ellos… El Mesías prometido había muerto en manos de romanos, influenciados por su mismo pueblo de judíos. Y también, quien había muerto también era su amigo, el guía de sus vidas, su Esperanza.

Y entonces me di cuenta… Que todos los creyentes estuvimos allí. En ese día de reposo sin Mesías.

Cuando el dolor nos asedia, cuando la muerte de un ser querido viene, cuando un cambio repentino nos desbalancea, cuando aquello que esperábamos para nuestra familia, nuestra vida, nuestros sueños, no sucede, cuando una enfermedad y un mal diagnóstico nos privan de fuerzas, cuando el trabajo se pierde y los gastos son muchos… Cuando los miedos se entremezclan con nuestro corazón cansado y este contexto social tan oscuro que nos rodea… Las palabras de esperanza, la luz que un día nos iluminó, los versos bíblicos, las prédicas, se vuelven nada cuando entramos a ese Sabbat de Silencio en el que sólo la oscuridad nos llena, dentro y afuera.

¿Por qué hay Sábados de Silencio en nuestras vidas? ¿Por qué el Padre no hizo revivir al Hijo simplemente al siguiente día? ¿Por qué tenemos que soportar una jornada entera con los dolores y los miedos, con los silencios de la esperanza pero con los gritos de la burla del enemigo?

Tal vez tampoco toca aquí hablar de ello, pero sé que más de uno, como Job, también está sobre el silicio, esperando una respuesta…

Quizás un día entendamos por qué. O quizás ni siquiera sea necesario.

Lo único que sé ahora, pensando en esos hombres y mujeres cabizbajos en su Sabbat más abrumador, es que la noticia repentina a la mañana siguiente (y los días continuos llenos de buenas noticias) seguramente derruyó por completo ese Sabbat de Silencio.

Ha resucitado. La tumba está vacía.

¡Ha resucitado!

Y los silencios, y los miedos, y las lágrimas de recuerdos duros se dispersan, porque el amigo y guía es más que eso, es realmente la Esperanza que decía pero que hasta ahora estamos entendiendo. Es el Rey de Reyes, es el Siervo de Dios prometido, es la Victoria sobre toda Muerte. Es mayor que el dolor de tus pérdidas, es mayor que la voz en tu cabeza que te engaña con mentiras, es mayor que las circunstancias dolorosas en tu hogar, es mayor que una sociedad rota y caída, es mayor que tu pecado y tus ganas de tirar la toalla.

Murió con toda esa carga encima y dejó un silencioso día para que el peso que cargó tuviera sentido en tu alma… Pero ha regresado porque resultó ser quien dijo que era, es y será.

Ha resucitado. ¡Sobre tus miedos y fracasos! Ha resucitado.

Jamás en mis años de ser cristiana estas dos palabras me han sabido tan maravillosas, tan llenas de verdad, tan importantes en mi vida tras este Sabbat de Silencio en el que he estado los últimos años.

Amigos y amigas, débiles o fuertes, de ojos quebrantados o almas en espera…

Jesús el Mesías… Ha resucitado. La tumba está vacía. ¿Qué o quién podría dañarte ahora? ¿Qué o quién podría superar ahora la noticia? Si lo imposible es posible por Él. Así estés en un Sabbat de Silencio ahora, querida alma cansada no lo olvides:

Nuestra esperanza ha resucitado.

Jacques-Joseph Tissot, Francia, 1896. «María Magdalena corre a anunciar la noticia».

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