Cuando el futuro es incierto

Todos hemos lidiado con el estrés. No importa la edad que tengas; si estas leyendo esto, seguramente en algún momento de tu vida te has topado con una pared gruesa a la que no sabes cómo bordear para seguir adelante. Ya sea tus propias inseguridades, las presiones del trabajo o la escuela, los problemas en tu familia, las carencias económicas… Esa pared está allí y por alguna razón crece y crece, aún si tú tratas de ser positivo y decir que un día podrás saltarla o al menos encontrar un camino nuevo.

No pretendo decir que puedo comprender cada problema que los otros atraviesan. Somos diferentes, y una crisis emocional no es igual para todas las personas. Este mes, cuando se conmemora la lucha contra el suicidio, debemos recordarnos más que nunca la empatía que, si no es capaz de ponerse en los zapatos de los demás, al menos puede guardar silencio sin juzgar las cargas ajenas y mantenerse cerca, acompañando, apoyando, orando…

Pero lo que sí podría decir es que, si bien mi pared (o paredes) pueden no ser como las tuyas, sé lo que es enfrentarte a una. De la frustración de no conseguir avanzar, a la ansiedad de que tal vez no puedas hacerlo nunca, y a pasar al miedo de que siempre habrá muros a los cuales enfrentar… Sí, también he atravesado ese proceso. Los últimos años, mi hermana Cary RH y yo hemos aprendido a lidiar con depresión y distimia más de lo que aprendimos en toda nuestra vida. No contaré a detalle en este articulo, pero puedo resumirlo en que este mes también es nuestra propia conmemoración de «independencia». En Septiembre, hace ya 3 años, Cary RH y yo tomamos la decisión de salir de la casa de nuestro padre biológico, luego de años de luchas interminables que llevaron a nuestros padres a una separación que no sólo los afectaría a ellos sino a toda la familia (y aún no sabemos cuánto tiempo durará el daño colateral de esa implosión).

Los muros a derribar han crecido y aumentado, sumados a cargas que probablemente ninguna había notado antes de mudarnos. No miento, ni exagero, al decir, que estos 3 años han significado un período de restauración en el que Dios ha puesto a prueba no su Fidelidad, sino nuestra fe en su promesa de permanecer.

Y después de esta larga introducción, quiero escribir 3 cosas que Él me ha ayudado a recordar (y aprender) cuando los muros son altos y la ansiedad viene para paralizarme. Espero que este aprendizaje pueda servirte y al menos hacerte sentir un apoyo a la distancia.

1. En medio de la ansiedad me recuerdo… «Me guste o no, el futuro no esta en mis manos».

Los psicólogos dicen que la ansiedad es un exceso de pensamientos por el futuro. Creo que tienen razón. A veces, tenemos miedo a lo que viene, porque no podemos controlarlo. Y eso no angustia, porque creemos que controlar el timón de nuestra vida significará, entonces, que todo irá por el camino correcto. Pero eso no es completamente verdad. Tener el control entero de todo, muchas veces, nos entorpece. En ocasiones así, he visto que soy soberbia cuando quiero que las cosas salgan «a mi modo», incluyendo la forma de pensar o actuar de los demás. Y eso, técnicamente, es imposible.

Queramos o no, hay cosas que están fuera de nuestro control. El clima, la situación política, el estado emocional de los otros… Dentro de nosotros, también existen situaciones incontrolables. Jesús solía hablarle a la gente sobre los afanes y la ansiedad:

«No se afanen por el día de mañana. Porque, ¿quién puede añadir a su estatura un centímetro por más que lo desee? ¿O aumentar su vida una hora por más que lo intente? Cada día tiene su propio mal para pensar en los siguientes que vienen»

Mateo 6:27 (paráfrasis)

Cuando más me afano por el porvenir, meno capaz soy de disfrutar el hoy. Pierdo el tiempo pensando en cosas que aún no pasan, cuando podría estar agradecida por lo que ya tengo y por quienes están conmigo ahora. Y aunque lo que Jesús dice sobre evitar afanarnos no significa un «Hakuna Matata» (alzarse de hombros acerca de tus responsabilidades), sí es una invitación (¡y la libertad!) a dejar de pensar demasiado en el futuro provocándote un mal vano… Cuando cuentas con la promesa de tu Creador, dispuesto a proveerte cada día.

2. En medio de la ansiedad me recuerdo… «Todos estamos lidiando con problemas».

Eclesiastés (o bueno, el autor de ese precioso libro), afirmaba que hay el mismo destino de trabajos, labores y pesares para todos. En otras palabras, si todos estamos inmersos en la misma sociedad y contexto (caídos por el pecado, no hay que olvidarlo), quiere decir que los mismos afanes pueden llegarnos a todos. Los mismos muros (otra vez con mi metáfora), los mismo períodos oscuros, duelo, ansiedad, estrés… Incluso cuando antes no existía un nombre para la depresión, la gente ya sufría de esa vacuidad espiritual.

Recordar que no hay persona en el planeta que no esté sufriendo, me hace entender que mi sufrimiento no es exclusivo, que hay otros allá afuera luchando también contra sus propios gigantes. Esto no es un sentimiento típico de mirar el mal ajeno y sentirte mejor con el tuyo. Al contrario: Me siento acompañada por otras barcas que están atravesando la misma marea, me siento inspirada por las historias de superación que otros están forjando, por su fe pues, aunque ellos estén limitados, Dios puede levantar cualquier barco por encima de la tormenta.

Los Juegos Paraolímpicos (Tokyo 2020) acaban de terminar, ¿cómo sentirme fracasada si hay hombres y mujeres como Arnulfo Castorena? Qué excusa podría poner, si hay mujeres lidiando con el mal en Afganistán, cristianos perseguidos en Medio Oriente, activistas luchando por los derechos de todos los seres vivos a pesar de que eso pone en riesgo su propia vida… ¡Y ninguno claudica!

3. En medio de la ansiedad me recuerdo…«Aún si me siento así; no estoy sola».

La soledad es un estado engañoso y quizá uno de los principales factores de la Depresión. Nos sentimos «innecesarios» en un mundo rodeado de personas, «solos» en un salón repleto de nuestros amigos y seres queridos. El muro de miedos nos ha empequeñecido al grado de que parecemos los únicos ante ese gigante, que todo sería más fácil si simplemente cerramos los ojos y dejamos de existir. Nadie notaria la diferencia, nadie vería que ya no estás, a nadie le afectaría. O eso nos decimos al sentirnos solos.

Me he sentido así, muchas veces. En todos los casos, los pensamientos son los mismos: que si estoy tan cansada de lidiar con lo mismo, y si a final de cuentas no soy necesaria para nadie mas, entonces lo mejor sería simplemente desaparecer.

Oh, sí, una cristiana con pensamientos suicidas… La frase parece desconcertante y muy «anti-fe». Pero qué pensarías si te digo que reconocerme como tal, fue la clave que Dios uso para hacerme ver la luz. Porque cuando entendí que esos pensamientos eran de muerte (mi muerte) entendí también que eran de engaño. ¿Por que «no» podría vencer ese muro? ¿Por qué me afanaba tanto por el futuro, por el trabajo, por la vida? ¿Eran realmente mis afanes o los que la presión social imponía sobre mi? ¿Ser innecesaria es verdad si otros me buscaban para al menos escucharlos y apoyarlos como me gustaría recibir el apoyo de ellos? Si mi fe los sostenía, como la suya me sostenía a mí… ¿Realmente somos innecesarios?

Reconocer que me sentía sola me hizo darme cuenta de que en realidad, no lo estaba. Porque no sólo había gente a mi alrededor lidiando con sus propias luchas, también había otros dispuestos a apoyarme, aunque fuera tan solo con una palabra, un consejo o una oración. Y más allá de todos ellos, jamás podría estar realmente sola porque Jesús siempre había estado conmigo.

La frase (que a veces parece un mero discurso entre cristianos) «Yo estoy con ustedes, hasta e fin…», no tiene tanto poder e influencia como cuando te sientes completamente solo. Cuando lo único que tienes contigo es a tu Creador y Salvador, entonces el Salmo tienes sentido porque ¡lo tienes todo! (Salmo 23). Los discípulos no apreciaron tanto ver a su Maestro, allá a la orilla de la playa, como esa mañana en la que estaban solos, desanimados en el mar de Galilea, creyendo que los fariseos habían ganado al crucificar a Jesús. Pero qué sorpresa, ¡qué alivio!, al verlo y oírlo decir «vengan a comer conmigo». Ese día, no solo debió ser un encuentro ameno, sino la calma para sus almas cansadas.

Y ese alivio es el que más me ha sostenido.


¿Entonces, la ansiedad nunca vendrá…?

No sabes cuánto quisiera decir(nos) que todo será fácil a partir de ahora. Que las luchas pasadas serán las peores y a partir de ahora todo será llevadero. Pero incluso Jesús afirmó que el mundo sería abrumador, aflictivo y lleno de dolor (Juan 16:33). Pero qué alegría que no dejara su frase «en ese punto» sino que continuara con esperanza:

«Pero no teman, yo vencí al mundo». 

Cualquiera que sea tu lucha (y la mía), podemos recordar que hay cosas por las que vale la pena luchar y otras por las que es mejor dejar de preocuparse; que nuestras cargas no son únicas y podemos aprender de la historia de otros; y que la soledad no es completamente cierta mientras haya personas a tu alrededor, luchando también, inspirándote; y que, mientras tu Creador este ahí, no solo dispuesto a sostenerte sino a dirigirte, entonces… ¡jamás existirá le verdadera soledad!

Y por ultimo, los últimos años Dios me ha demostrado que no importa cuán alto sea el muro, o cuán largo y oscuro sea el túnel por el que estés atravesando, ninguno es eterno, ninguno es más alto y profundo que el Poder y el Amor que Dios nos tiene. Y si esta es la [única «ayuda» en medio de la ansiedad, no te equivoques: No es una ayuda pequeña. Él es la ayuda vital para salir de ese túnel aún si debes dejarte caer y llevar sobre los hombros de Jesús como una ovejita llevada por su Pastor. Pase lo que pase, El te sacara de allí.

En medio de mis luchas con la ansiedad y el dolor, auxiliada por Él, puedo decírtelo: Así será.

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