Cuando lo que Dios hace va en contra de tus principios

¿Quién no conoce la historia de Jonás? Sí, esa del hombre que trata de huir de la presencia de Dios y termina en el vientre del enorme pez. El libro de Jonás, como muchos otros en la Biblia, se ha convertido en un intertexto cultural tan recurrente que ya forma parte del bagaje literario o artístico común. Conocerlo, al menos de a oídas, es casi obligatorio en la cultura occidental.

Pero, ¿quién era Jonás y -más intrigante aun- por qué huía de Dios como si le debiera algo? ¿Qué puede ser tan malo o difícil como para acabar en el fondo del mar, en las entrañas oscuras de un animal, pidiéndole a Dios otra oportunidad? Vamos a ver…

Un poco de contexto

El libro de Jonás es asombroso. No sólo por su mensaje, también por su estilo narrativo y por la estructura de los hechos y la transparencia de sus personajes (personas reales para mí). Si has leído a los otros profetas menores1 de la Biblia sabrás que en la mayoría abunda el tipo de narración en discurso. Usualmente, los profetas fungen como voceros de Dios, dictando el mensaje que Él está ofreciendo a diferentes oyentes. A veces, el Señor de Israel le hablaba a su pueblo, a veces al resto de naciones, en un discurso directo sin narraciones del tipo anecdóticas que suelen tener los libros históricos de la Biblia, el Éxodo o el Génesis.

Sin embargo, el libro de Jonás es distinto. Escrito por el mismo autor que lleva su nombre, cerca del año 650 a.C. este libro de sólo 4 capítulos está conformado sobre todo por narración. Básicamente, Jonás (el libro) es una historia. O bueno, en realidad el fragmento de una historia que parece tener un contexto (antes del inicio y después del final) superior a las escenas de sus pocos capítulos. Me explico: Es como si de la historia de la nación de Israel, y de la vida misma de Jonás, alguien hubiera tomado un sólo pedazo para ponerlo ante nuestros ojos, en menos de dos páginas2.

¿Y de qué va la historia? Sería absurdo suponer que no la conoces. Pero hágamos un recuento. Dios le habla a Jonás para decirle que, como su portavoz, debe ir a Nínive para anunciar a sus ciudadanos (más de 500 mil personas adultas) que su maldad será juzgada y sentenciada muy pronto, pero que Él desea perdonarlos y restaurarlos. ¿Cuál es la respuesta de nuestro protagonista? Hacer sus maletas, salir de su casa y emprender su camino hacia Tarsis. ¿Tarsis… No era su destino Nínive? Para darnos una idea, la ciudad de Nínive quedaba afuera del lado este de Israel, muy metida en Asia Central, mientras que Tarsis, una isla en el Mediterráneo, estaba del lado oeste, a miles de kilómetros y conocida como el extremo más alejado de la Tierra conocida hasta entonces.

En pocas palabras, Jonás no quiso llevar a cabo la encomienda.

La siguiente parte de la historia es probablemente una de las más famosas escenas de toda la Biblia. La tormenta, la decisión de los hombres del barco por terminar arrojando al agua a Jonás (y hacerle pagar su desobediencia), el pez o monstruo marino engulléndolo, las 3 noches en oscuridad poniéndose a cuentas con Dios. Desde Pinocho, hasta varias películas de Disney, incluso Moby Dick, la inspiración «jonásica» perduró hasta nuestros días, haciendo del relato profético una especie de leyenda. Pero una leyenda que no es para nada falsa, ni lejana, sino más bien tangible y muy familiar. Vamos a ver por qué…

Huir antes que obedecer…

¿Por qué huye Jonas? Todavía es nuestra pregunta. La respuesta, si conoces en general de la Biblia, quizá la sabes ya. La respuesta es Nínive. Ay, Nínive… La capital de Asiria, el imperio más grande y dominante de entre todos los imperios de esa época. Sus reyes, famosos por sus habilidades de conquista, eran conocidos también por su violencia. Y no sólo ellos, el país entero tenía la reputación de ser dominante, dispuesto a la invasión y exterminación. Asiria ya había atacado al Reino del Norte (de donde era Jonás) y tenía a los príncipes de Israel de golpe de estado en golpe de estado por el miedo que su presencia cercana (literal) les provocaba. Uno de los gobernantes de Asiria había invadido una de las ciudades fronterizas para invadirla, acechar a los fuertes y abrir en canal a mujeres embarazadas. Entre esas y otras anécdotas…

Nínive, la capital, era la representación de una nación invasora y malvada (dentro y fuera de sus paredes). Una ciudad sobre la cual Jehová ordenaba a Jonás:

«Ve y proclama el mensaje que Yo te daré».

Y así, después de una huida infructuosa, de ser alimento de ballena por 3 días y luego vomitado en la playa, Jonás recibe la sorpresa de que la orden no ha cambiado.

«Ve y proclama el mensaje para Nínive que Yo te daré».

¿Irá esta vez? La Biblia nos dice que sí. ¿Alegre y emocionado? No lo creo.

Cuando lo que Dios te pide va en contra de tus principios

Busqué el significado de «principio» en el diccionario. Más o menos, la idea era la misma en todas las acepciones: El punto de partida o nacimiento de una cosa, puede ser desde un pensamiento hasta la forma entera del ser de una persona. En otras palabras, un principio, o principios, son el combustible o la esencia que te mueve a actuar. Y a ser quién eres.

El principio de Jonás era muy simple: Los malos no se merecen perdón. Podría ser que eso incluyera a su propia nación la cual, para ser honestos, no era mejor que Nínive. Pero es justo en este punto donde también me encuentro con una contradicción, pues, cuando considero que Jonás era profeta en Israel, y que seguramente había pasado los últimos años hablando el mismo mensaje de juicio y ajuste de cuentas para ellos también (sólo para que Israel persistiera en la misma actitud obstinada), me hace pensar… ¿Qué esperaba Jonás de Nínive? Si Israel, la nación «elegida por Dios», no se arrepentía de su mal camino, ¿qué posibilidad habría de que Nínive cambiara? ¿Por qué Jonás estaba tan «preocupado» en cerrar la boca para ellos? Vamos a ver.

Jonás anunció el mensaje. Muy a regañadientes, pero lo hizo. El libro describe que Nínive era una ciudad tan grande que se necesitaban 3 días a pie para terminar de recorrerla. Tres días yendo por las calles gritando que Jehová había juzgado su maldad, que en 40 días serían destruidos. Tres días de promulgación… O tal vez no. La malvada y cruenta ciudad sólo necesitó un día de escuchar al profeta para comenzar a sentir que algo no estaba bien. Sin reparos, los mismos ciudadanos difundieron el mensaje hasta hacerlo llegar a oídos del rey (o posiblemente el gobernador). Un edicto inmediato se promulgó: Ayuno, arrepentimiento y reflexión, así «tal vez Dios reconsidere su juicio y el ardor de su ira se calme y así ¡no pereceremos!».

La ciudad malvada, con sus más de 500 mil habitantes, desde el más pequeño hasta el más viejo, humanos y animales, dejaron sus acciones de rutina, dejaron de comer y beber, para dedicarse a una sola cosa: clamar al Dios Vivo. ¿Fueron escuchados…? Tan fuerte y claro como Jonás, en el vientre del pez, fue escuchado también.

Tus principios no son los principios de Dios

¿Recordamos los principios de Jonás? El malvado no merece perdón. Y si esto no hubiera quedado claro por el contexto entrelineas, el mismo Jonás lo declara:

«¿No es esto lo que yo decía cuando estaba en mi tierra, Señor?
¡Por eso me apresuré a ir a Tarsis! ¡Ya sabía que Tú eres un Dios clemente y piadoso, lento para la ira y grande en misericordia y que reconsideras tu juicio contra otros».

Jonás 4:2 RVC [Perífrasis]

Jonás estaba tan convencido de sus razones que estuvo dispuesto a navegar al fin del mundo con tal de no «violar» sus principios. Y aún continuaba tan seguro de ellos que no regresó a Israel luego de ver el arrepentimiento de los ninivitas, sino que prefirió quedarse cerca de Nínive, colocado en una cima cercana y esperar ansioso los 40 días de «rigor». Un error, una falla, quizá alguien que no ayunara correctamente, quizá alguien que no se arrepintiera de corazón… Un fuego que descendiera del cielo y destruyera a una ciudad que merecía lo peor, según sus términos.

En medio de su enojo, una frondosa planta de calabazas creció. El desierto en Asía Central es terrible, y su calabacera llegó en el mejor momento para darle sombra mientras él continúa observando hacia Nínive. Un día después, al despertar, su planta misteriosa se ha secado y el sol es peor en ese nuevo día. Enojado, profundamente decepcionado de sus malas circunstancias, Jonás se queja, porque todo es tan injusto para él, ¡la vida simplemente no es lo que debería ser!

«¿Tanto te ha enojado que se haya secado la enredadera, Jonás?» Le preguntó Jehová, mirándolo con la paciencia de un maestro a su estudiante más necio.

«¡Sí! ¡Es horrible todo lo que me ha pasado! ¡Quisiera morirme de una vez!»

Y entonces, el Señor le contestó: «Tú sientes lástima por la enredadera, por la cual no trabajaste y a la cual no hiciste crecer. En una noche creció y en un día dejó de existir. ¿Por qué Yo no tendría piedad de Nínive, Jonás? Esa gran ciudad que ahora miras. Con más de 120 mil niños que no saben distinguir entre su izquierda y su derecha, y también muchos animales..

Jonás 4:9-11 RVC [Perífrasis]

Silencio.

El libro de Jonás termina justo así. En silencio. Después de que el Creador le ha dado su respuesta, que le ha dicho cuáles son Sus Principios de Amor y Piedad, no hay respuesta. Jamás sabremos si el libro termina justo así por estrategia narrativa o porque realmente este hombre testarudo que nos representa a todos, se quedó sin habla ante la declaración del Señor.

Pero opto por la idea de que el silencio de Jonás es una oportunidad para que tú y yo seamos quienes respondan. Por que a tantos años, y a tantos anuncios y decretos de juicio y perdón que el mismo Dios nos ha dado, la pregunta es… ¿Estamos respondiendo a su encomienda? ¿O estamos en un barco rumbo a Tarsis, alejándonos más y más de aquello que nos compete hacer?

Ya sea que te encuentres ante la voz de Dios por primera vez, que estés en «ese barco», o dentro del pez por haber huido los meses pasados o los últimos años…

Hermano y hermana en la fe… ¿Estás amando a Nínive o sólo mirando su exterior bajo tus principios? Sólo piénsalo. Aquello que el Señor te ha dicho que hagas, que ha sido tan difícil de entregar, tan difícil de obedecer, porque simplemente no es «lo que tú quieres», ni «lo que tú crees». Sus Principios contra los tuyos. Tu mirada, tu sentir, tu perspectiva que sólo ve una parte… Contra su declaración final bajo la enredadera seca a la que todavía no podemos entender.

El Señor explicó Sus Principios con una pregunta retórica. «¿Acaso Yo no podría tener piedad de la Nínive (esa persona o acción que tú no amas o no has hecho) llena de cualidades débiles y frágiles, a la cual creé y amé, dispuesto a perdonarla como te perdoné a ti por huir…?»

¿Acaso los Principios del Señor son «malos» o inferiores contra los tuyos?

El silencio de Jonás perdura en mi cabeza. Pero, tarde o temprano, habrá que responder.


1Profetas Menores: La profecía bíblica en el AT está dividida en dos: Profetas mayores y Profetas menores. El adjetivo «mayor» o «menor» no alude a relevancia de temas, sino al grosor textual del libro en sí. El libro de Jonás sólo tiene 4 capítulos, por lo que, al compilarlo junto a los libros que formaron la Tanaj judía (200 d.C. apróx), se quedó en dicha catalogación.

2Mi Biblia es versión Reina-Valera Contemporánea. Con su tipo de tipografía y caja de texto, el libro de Jonás sólo abarca 2 páginas. Pero esa cantidad puede variar según cada versión o edición bíblica.

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