La libertad invisible

El mes pasado (septiembre) es un mes importante para México. Celebramos la libertad e identidad de un país que, desde hace poco más de 200 años, dejó de ser una colonia para convertirse en una nación soberana. Sin embargo, debemos ser honestos y aceptar que, a diferencia de otros países, la identidad nacional y patriota en México no es del todo entusiasta. Cada vez son menos los mexicanos que están dispuestos a pasar la noche del 15 de Septiembre frente al Palacio Nacional (o del Gobierno), para escuchar al presidente en turno dar «el grito». Como si hubiera pocas razones para celebrar o simplemente apatía.

Es curioso cuán importante suena el término “país independiente” cuando, hoy en día, el concepto parece importarnos poco a los mexicanos. Es decir… Hemos vivido (ya varias generaciones) llamándonos “mexicanos” y no mestizos, criollos, colonos, novohispanos, en fin… que palabras tales como “libertad”, “independiente”, “autónomo” entre otras, suenan tan comunes que se han tornado innecesarias. La libertad no es una cosa que importe mucho hoy en día si no hemos sentido una opresión lo bastante fuerte en varios años como para hacernos añorar la palabra.

Por otra parte, no puedo culpar el desánimo nacional tampoco. Las problemáticas sociales y la decepción política lucen como buenas razones para dejar de lado la identidad patriota y volvernos hasta apáticos con cada 15 de Septiembre. En otras palabras, la realidad de nuestro contexto corrupto e injusto, la rutina diaria (a veces tan problemática), el poco conocimiento de la historia mexicana (y la que hubo antes de poder llamarse “historia mexicana”), nos hacen olvidar que sí, una vez, nuestros antepasados eran subordinados de la Corona Española, y sí, hubo una época donde la violación a los derechos humanos (especialmente de indígenas y mestizos) era mucho peor que cualquier queja actual.

Entonces, la actual independencia y libertad se ve olvidadas… Incluso aburridas.

Y acerca de libertades olvidadas, estos días pensé en otra de ellas, tan común, tan rutinaria, tan despreciada…

La salud de cada día

A mi hermana y a mí nos contagiaron de COVID-19 en Julio.

Y digo “nos contagiaron” (y no el típico “nos dio…”) porque supimos concretamente quién y por qué nos contagió. No culpamos a esa persona, aunque esta experiencia nos sirvió para comprobar que si esto se ha hecho pandemia no es por la “fuerza” del virus, sino por la fuerza de nuestra irresponsabilidad. Y entre esa comprobación de hechos, llegaron otros más.

No voy a decir que pasamos momentos de riesgo mortal. Porque en realidad, gracias a Dios, fuimos de esos casos donde el cuerpo es capaz de resistir al virus la mayor cantidad de batallas. Sin embargo, las luchas no dejaron una completa victoria sin represalias y fueron suficientes para entender que uno no necesita estar agonizando para valorar el bienestar rutinario.

Hablo más por mi experiencia. Mi hermana padeció mayores dificultades porque a pesar de obtener una “incapacidad laboral”, fue obligada a trabajar desde casa (así tuviera la fuerza para hacerlo o no). ¿Y cómo es tener COVID-19? Esta es una respuesta complicada. Cada persona sufre diferentes síntomas y diferente profundidad en cada uno de ellos. Por ejemplo, mi hermana padeció de fuertes (muy fuertes) dolores en huesos y espalda, mientras que yo sufrí una nada linda disminución de mi capacidad para prestar atención. Mis pobres estudiantes probablemente fueron testigos de ello, durante nuestras clases de español. Literalmente, sentía que aunque “oía y hablaba” con ellos, mi cabeza estaba en otro lado, mis palabras no eran claras y que probablemente estaba diciendo cosas sin sentido. Más de una vez tuve que pedir un momento para respirar y comprobar si estaba en mis 5 sentidos o si no era que estaba perdiendo la consciencia (como en esos últimos desmayos, aunque eso es tela de otra enfermedad y otras anécdotas…)

Ciertamente, el COVID-19 tiene gripes entre sus síntomas. Pero eso es la punta del iceberg que algunos padecen sólo un par de días de la enfermedad y luego simplemente la gripe no parece ser parte del problema. Pero el dolor de cabeza, encías, las torceduras de estómago y la sensación de que no estás bien, aunque todos digan que lo aparentas, se vuelven una constante, con subidas y bajadas, golpes repentinos de desgane (en serio hubo un día en el que no quería ni levantarme de la cama y comencé a pensar que estaba entrando en algún cuadro depresivo), la fotosensibilidad (tuve que cambiar de lentes, con la noticia de que mi problema de astigmatismo había empeorado 2 grados), la fiebre y los temblores…

Pero si estos no fueran ya síntomas molestos, en toda la extensión de la palabra, me guardé el último de ellos que, seguro, va a parecerte bobo al leerlo: La falta entera y llana del sentido olfativo (y más tarde del gusto). Suena absurdo, ¿no? Que dejar de oler y saborear pueda ser peor que la lista de malestares del párrafo anterior. Yo lo pensaba. Mi hermana fue contagiada primero y por tanto, sufrió los síntomas antes que yo. El día que me dijo “no siento el olor del desinfectante” (cuando estábamos haciendo limpieza del día), yo pensé que era sólo la exageración de un síntoma común de gripa, como la constipación. Ni siquiera su “no me sabe el café” pudo sonar tan malo. Como bien dicen, nadie experimenta en cabeza ajena.

Y entonces… Hay que ver para creer. O mejor dicho: Hay que dejar de oler. Despertar un día y sentir que la nariz no te duele: Te cosquillea como si hubieras consumido una caja entera de pastillas de menta o como si te hubieras untado vaporúb en la nariz. Un cosquilleo incesante que (todos los enfermos de COVID lo saben) te roba por completo la capacidad de oler y, por tanto, la de degustar cualquier alimento.

Mi hermana y yo jugamos con la idea, los primeros días de haber perdido estos sentidos. Ella se comió un ajo, yo un chile (suelo ser muy sensible y por eso lo evito a toda costa). Ninguna tuvo reacción y hasta pensamos en grabarnos mientras comíamos alimentos poco agradables y “sorprender” a todos con nuestra resistencia.

Pero la broma se acaba cuando ahora no sólo te duele la cabeza y los ojos, sino que eso que más te gusta, dejó de saber, dejó de oler. El café de la tarde, la cena en la noche, el olor del desinfectante cuando limpiamos la casa, las guzgueras de la merienda… ¡Ni un solo sabor ni aroma! Ni para gustar o prevenir (probablemente consumimos alimentos con fecha en descomposición, pues tuvimos problemas digestivos durante esos días que empeoraron mientras no teníamos olfato).

Entonces, la resistencia contra ataques de dolor se ve opacada por la pérdida de algo que parece tan rutinario y simple como tu capacidad de oler. Y algo que ha estado allí toda la vida, de pronto ya no es sólo un “sentido” corporal… Se ha vuelto un factor indispensable para sentir que disfrutas la vida; pero que se ha ido, justo cuando más lo necesitas.

La libertad de tener sanidad

Solía preguntarme por qué Jesús les prestaba tanta atención a los enfermos. Siempre me decía (y oía decir a otros), que sí, tal vez Jesús recorría las calles y le daba sanidad física a los convalecientes, pero que la sanidad que él más quería dar es la que necesita el alma. La sanidad del espíritu.

Y sigo estando de acuerdo con esa postura.

Pero, tengo que admitir que hoy también entiendo una partecita del pensamiento de Jesús que antes no había visto. Esa urgencia de ir por el enfermo. De tocar primero su cuerpo para entonces revitalizar el alma. De hacerlo entrar en diálogo primero para hacerle entender el verdadero sentido de esa pregunta común: “¿Quieres que te sane…?”. Es decir, ¿te has dado cuenta de que estás gravemente enfermo? ¡De cuán importante y bueno es estar sano! De que Yo puedo sanarte.

Es una ironía que cuando estamos sanos (y cansados de la rutina) ansiamos una “pequeña” enfermedad para tener la excusa de faltar al trabajo o a la escuela. Pero cuando la enfermedad viene (y es peor de lo que esperabas), la virtud de la sanidad que desprecias por no notarla se vuelve un tesoro que no se puede pagar con nada.

Una libertad invaluable

Podrías ser la persona más adinerada, guapa y talentosa… Pero si te enfermas, si la fuerza deja tu cuerpo y por tanto, tu alma, entonces, ¿qué será de ti? Hoy en día, aún a pesar de lo grave que es la situación del COVID, sigo viendo personas que dan prioridad a sus actividades diarias que a su salud (y peor aún; la salud de otros). Hoy sigo viendo personas que afirman que el COVID no existe, que no es grave (a pesar de las muertes y daños provocados), que vale más arriesgarse a contagiarse que “no aprovechar la vida” (según el concepto errado que tenemos de “aprovecharla”), desde ir a pasear a lugares conglomerados por diversión hasta reunirse en una congregación multitudinaria (cuando podría alabar a Dios desde grupos más pequeños y con medidas más responsables).

Hoy en día, hay personas que no entienden que sí, Jesús vino a sanar tu alma y la de todos, pero que también Él vino a cargar no sólo enfermedades espirituales, sino físicas, las dolencias y calamidades que deberíamos cargar en nuestro cuerpo y Él quiso evitárnoslas [Cp. Isaías 53:4 y Mateo 8:16-17].

Que si el Maestro recorrió calles para dar agua de Vida a sus habitantes, también lo hizo para tocar la mano del leproso, animar al inválido a caminar otra vez, cortar el flujo de sangre (doloroso y duro de esconder) de una mujer, regresar la vista a los ciegos, sanar la mente trastornada de otros. Hoy puedo entender por qué Jesús no se conformó con llevar un mensaje para nuestro corazón, sino uno que también sanara nuestros cuerpos y que nos enseñara a valorar, con verdadera gratitud, el estar sanos: con la energía de levantarnos, correr, bailar, disfrutar una película como del trabajo, oler la lluvia vespertina y el café de la mañana, tener suficiente fuerza para escucharlo a Él y hablarle en una oración.

A pesar de que el COVID es una enfermedad con secuelas permanentes (y todavía no del todo conocidas), puedo darle gracias al Señor por sanarnos a mi hermana y mí, a través de medicina y buenos remedios naturales. Pero, sobre todo, le doy gracias por hacerme ver que si antes era libre (por su Gracia), ahora puedo ver que somos más libres de lo que pensamos al sentirnos bien, sin dolores físicos, sin nada que merme nuestra energía.

Libres. Sanos.


¿Cómo has vivido este período de contingencia y pandemia?

¿Has sido parte de las filas del COVID-19 positivo? ¿O has tenido a alguien cercano que lo sea?

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