El cristianismo no es para cobardes: Lo que entendí leyendo La Marca del León de Francine Rivers

A menos que tengas una razón por lo que valga la pena morir, no valdrá la pena vivir

-Hadasa.
Una voz en el viento, Libro 1 de La Marca del León

En una época donde la religión parece un tema gastado o demasiado polémico para querer meternos en debates de fe, mirar atrás, a los primeros cristianos, ya no es cuestión de “historia” sino una necesidad urgente de autoanálisis. “¿Por qué creo en lo que creo?”. “¿Por qué Jesús sería la respuesta a las actuales —pero nada nuevas— crisis de existencia que nuestra generación atraviesa?”. O más profundo aún… ¿Por qué en el Siglo I, las personas estaban dispuestas a morir por declarar el Nombre de Cristo, mientras que ahora ser “cristiano” es sólo otro título que va bien con “tu forma de ser”?

La Marca del León sobresaltó estas preguntas en mi cabeza y removió muchas aguas de dudas estancadas en las que últimamente divagaba mi fe. Y no es que atraviese una crisis de convicción con el tema de la ‘existencia de Dios’ o la veracidad del Evangelio… Era más bien la Iglesia la que me había traído contra la espada y la pared; porque entre tantas voces de “cristiandad”, pero tanto silencio contra la injusticia, el mal y el desamparo, uno empieza a preguntarse si no es que esto que llamamos cristianismo no es más que otra forma de pensar entre cientos de ideologías o estratagemas. Si no es que, acaso, nos estamos olvidando algo…

¿La ficción puede enseñarnos sobre fe?

En La Marca del León, Francine Rivers aborda peligros reales a los que un cristiano de la iglesia primitiva tenía que enfrentarse. Una época en la que la muerte era la paga de una convicción. La autora comenzó su carrera en la escritura hace más de 30 años con novelas de corte de romance histórico que poco tenían que ver con los valores de una fe cristiana. Hasta que Francine Rivers volvió su mirada a Jesús fue que también decidió revindicar toda su escritura a la Obra del Evangelio. Parecería necio describir a la autora, cuyo primer libro de declaración cristiana, Amor Redentor, es bestseller en el New York Times y no sólo en la lista de ficción religiosa sino de la literatura en general. Pero, por si acaso no la conoces, te recomiendo que no esperes más y vayas a leerla (en cuanto termines esta entrada, claro).

Aunque Amor Redentor (1991) es su libro más relevante (en fama), la trilogía de La Marca del León (1993) le supera en calidad literaria y en el poder de sus criterios. Sólo hay que ver cuál es el tema que aborda… La Marca del León nos pone dentro del marco del Siglo I, con los primeros cristianos y sus retos de supervivencia. ¿Vergüenza a que se rían de ti en Facebook por ser cristiano? ¿Recibir bromas de tus amigos o ley del hielo en la escuela? No, mi hermano, esto es el primer siglo, bajo el dominio de la Roma de Vespasiano y sus sucesores, Nerón entre ellos, quienes consideraban al nuevo “grupillo de ungiditos” como rebeldes contra el imperio por proclamar a un Cristo quien, dicen, es mayor que el mismo César. Aquí no hay censura o burlas, aquí hay aprehensión política, esclavitud, la arena o la expulsión (en el mejor de los casos). Y si a eso le sumamos los valores tan raros y poco adecuados que un cristiano difundía en esos años donde arrojar a tu hijo recién nacido a las rocas era legal y ético (bebés a los que los cristianos de aquella época recogían y adoptaban) entonces no sólo eras enemigo del emperador sino de una sociedad a la cual cosas como “amar a tu enemigo” y “cuidar del desamparado” provocaban risa e incomodidad.

Entonces, ¿cómo es que sobrevivió el cristianismo primitivo en un contexto que no sólo pudo haber diseminado a los cristianos, sino exterminarlos? Sé que conocemos la respuesta, impresa en las promesas que el Señor declaró en voz de los profetas… Pero Francine Rivers volvió a recordarme algo que había olvidado, a través de un personaje débil, temeroso y literalmente esclavo, la protagonista del primer libro de La Marca del León: Hadasa.

Nacida en Judea, atrapada cuando Roma fue a aplacar la lucha rebelde que despertó una guerra civil en su país, Hadasa es llevada a Éfeso donde es vendida como esclava. Francine Rivers hace un excelente trabajo describiendo el contexto histórico (real) y tangible en cada frase, mientras narra las vivencias de Hadasa, victimizada por su origen judío y motivada a callar su fe cristiana para huir de una muerte o marginación segura. Hadasa pierde a su familia y queda a merced de una casa efesia acaudalada, bajo el dominio de personas que no siempre tienen las mejores intenciones y que, irónicamente, terminan siendo la señal de algo que todo cristiano sabe pero difícilmente aplicamos: Amar a tu prójimo, vivir en mansedumbre, orar por los que te lastiman; sin importar cómo sean contigo o contra ti: Ámalos.

Los retos de Hadasa superan con creces los que muchos de los lectores de Rivers tendremos alguna vez. Créeme, en más de una ocasión, quise deshojar el libro por ciertas injusticias que uno, como lector, sólo puede leer sin más… (Y lo mismo con los otros dos libros de la saga). Las pruebas de Hadasa se tornan más allá de lo físico cuando la prueba comienza a tentar a sus propios sentimientos y debilidades: Porque Hadasa, con todo y el Siglo I a su alrededor, también es humana, una mujer joven y vulnerable que experimenta el dilema de enamorarse (o no) de un hombre claramente ajeno al Dios y Cristo que ella ama; un hombre al cual terminará afectando de forma irreversible, cuando Hadasa tome su última decisión en cuanto a sus sentimientos y su fidelidad al Señor. El desenlace te pondrá el vello erizado y te estrujará el corazón, te lo aseguro.

El cristianismo no es para cobardes…

Ya lo dije, La Marca del León es impecable en la agudeza de sus descripciones. No importa si no eres un asiduo del romance —género predilecto de Francine Rivers, si eres cristiano y quieres entender lo que es verdaderamente padecer en nombre de Cristo, tienes que leer estos libros. Y digo “entender de qué se trata el cristianismo” y no solo leer para alimentarte del dato histórico, porque la segunda característica destacable de esta trilogía es, precisamente, su honestidad con los peligros, los afanes y pecados con los cuales los cristianos del Primer Siglo lidiaban. Los prejuicios difundidos a su alrededor son un caso especial, marcas que los desacreditan o persiguen a donde quiera que van. Prejuicios en contraste: entre ser espías o rebeldes como los zelotes que se oponían al imperio; o los juicios que los tildaban de ser ridículamente mansos o exageradamente “buenos” en su estilo de vida. Hubo veces en las que, leyendo, pensaba haber escuchado una que otra de las frases mordaces del libro en algún comentario de Facebook que criticara la “moralidad cristiana” por ser anticuada, prejuiciosa, radical…

“Los cristianos no se defienden, decía un personaje, burlándose de los que morían en la arena, atrapados sin pelear o maldecir…
Los judíos al menos luchan pero los cristianos son unos cobardes”.

La escena (parafraseada, desde luego) permanece todavía en mi cabeza, pensando en el grupo de “religiosos ridículos” llevados a la arena de otro coliseo, como parte del entretenimiento previo a las peleas de gladiadores. Los cristianos eran tan poca cosa que sólo fungían como un relleno en el programa. Así que para evitar que la gente se aburriera esperando el tiempo de los combates, un grupo de hombres, mujeres, ancianos y niños, era llevado hacia el interior de la arena para alimentar a los leones. Su muerte, sin espada, sin defensa, sólo carnada, cantando salmos o murmurando oraciones… Pura cobardía.

Por todos los siglos, tiempos, miradas de críticas, los cristianos son cobardes. No se defienden si los golpean sino que hacen caso a la voz de su Dios Invisible para orar por sus ofensores. No pagan mal por mal (aunque a veces se mueren de ganas por hacerlo) porque el Hijo del Hombre proclamo perdón antes que venganza. Los cristianos, los verdaderos cristianos, son cobardes porque en vez de adoptar el postulado moderno del “vive y deja vivir” —aunque eso signifique la muerte espiritual y eterna del ser humano— optan por denunciar el mal que ha sido disfrazado de bien y proclamar a Aquel que quiere liberarte del engaño para darte verdadera vida, una Vida en abundancia…

Así que, concluyamos…

La cobardía cristiana, que hizo a hombres y mujeres ser tipificados hasta nuestros días, ¿es la misma cobardía que nos vuelve ahora, en el Siglo XXI, cristianos dudosos de nuestra convicción…?

En las primeras páginas de Una voz en el viento (libro uno de la trilogía), leemos a una Hadasa culpándose por cobardía. En un inicio, Hadasa rehuye las oportunidades de dar testimonio verbal de su fe, por miedo a las represalias. Un miedo con fundamentos, si somos sinceros. Poco a poco, las dudas y debilidades se convierten en reto: ¿tomar el riesgo de hablar y perder su seguridad…? ¿O callar para conservar los placeres de una vida temporal, casarse con un hombre dispuesto a amarla si deja de ser “tan creyente” y entonces no enfrentarse a la crítica, aún si eso significa la vergüenza perpetua ante el Dios que la salvó? Lo admito, su decisión final me ha dejado pasmada y todavía hoy es uno de los desenlaces que más lágrimas me ha sacado, no sólo por la agudeza narrativa Francine Rivers en las últimas cuartillas, sino por el reto personal que implicó en mi vida.

El momento crucial que no todos los cristianos queremos enfrentar llevó a Hadasa a tomar la gran decisión: Ser una cobarde ante Dios o ser una cobarde para el mundo. Confiar en sí misma y sus métodos para salvaguardarse o cumplir la voluntad del Único que podría darle verdadera libertad a ella y a quienes la rodeaban. Su decisión afecta de tal forma al resto de personajes que los lleva a forjar sus propias historias aun si ella ya no es parte de sus vidas. Razón por la cual Francine Rivers necesitó dos libros más para concluir lo que una acción valiente desencadenó para el resto de ellos. (Y aunque me muera de ganas por escribir una reseña de los otros dos libros, prefiero dejarlo en este punto y motivarte a leer por tu cuenta).

Hadasa es un personaje de ficción, sí… Pero los cristianos en Hechos (y todos aquellos que ni siquiera vemos en el libro de Lucas) eran reales y lo siguen siendo. Las épocas y los movimientos, los siglos y los años, continúan cambiando, forjando contextos hostiles o simplemente confrontativos contra esos que un día fueron llamados despectivamente “los pequeños ungidos” en honor al Rey Ungido que proclamaban… El Rey por el que estaban dispuestos a perder hogares, familia, incluso la vida.

Y yo me pregunto, sacando la nariz de las últimas páginas de La Marca del León para mirar a mi alrededor, a mi contexto, a mi generación que prefiere conformarse en lugar de tomar el riesgo, a la Iglesia pasiva en la que me reflejo, esa “iglesia” destacada por sus influencers cristianos en vez de los siervos humildes que prefieren menguar; mirando las cabezas agachadas y los labios sellados para no mencionar el nombre tan religioso de Jesús, los ojos huidizos del necesitado pero enfocados en los sueños personales y el éxito profesional…

Sí, me pregunto, mientras recuerdo también a ese grupo que camina dentro de la arena en dirección a los leones…

¿Estaremos a la altura de su cobardía?

Una voz en el Viento, primer libro de la Trilogía de Francine Rivers © La Marca del León. Imagen tomada de Google.

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