Aniversario de un robo: ¿Señal divina o víctima de las circunstancias?

El 21 de diciembre fue el aniversario de un robo. “Pero Elizabeth, ¿por qué conmemoras un robo?” ¡Por todo lo que implicó! Fue un sábado, 21 de Diciembre como he dicho. Mi hermana y yo acordamos vernos en el Centro de Guadalajara. Yo estaba trabajando desde casa y ella estaría ya en el Centro debido a su propio trabajo. Queríamos hacer algunas compras por la época navideña y evitar salir el pleno 24.

Recuerdo que llevaba una bolsa amarilla con estampados de pollitos (duré años con ella y me encantaba por su tamaño idóneo para libros y demás). Mi celular había corrido la “mala suerte” de mojarse, al zambullirse accidentalmente en una cubeta de agua, esa misma mañana; por lo que descansaba en un kilo de arroz (en ese momento pensaba que era una calamidad, ni me imaginaba lo que pasaría con esa bolsa…).

Entramos a una zapatería. Mi hermana quería unas botas nuevas y yo podría comprar algo si el tiempo allí me convencía. Entre pares y pruebas, me quité la bolsa del hombro y la dejé en mi asiento mientras iba al espejo del área central de la tienda para ver cómo lucía ese par de mocasines similares a los zapatos de baile de tap.
Otro par, y otro color. Ir y venir. Y entonces, por mera ocurrencia, pienso en que no tengo mi bolsa al hombro y que tampoco está en mi asiento. Le pregunto a mi hermana, convencida de que podría estar a su lado. Pero no. Tampoco está debajo del asiento o en la mano de algún otro cliente al que pudiéramos agarrar in fraganti. La idea de los zapatos se termina por ir a preguntar a los empleados. Que si vieron a alguien con la bolsa, que si podemos cerrar unos cinco minutos la tienda (obvio no) para registrar a todos, que si nos daban oportunidad de revisar la cinta de las cámaras.

Mi hermana salió a las calles con la esperanza de encontrar un atisbo de la bolsa amarilla de pollos, al bote de basura por si de casualidad ya la habían tirado por ahí, a la policía local que deambulaba por las calles del Centro para brindar seguridad (seguridad que, por cierto, no sirvió en lo absoluto, pues no nos brindaron ningún apoyo).

Una hora después, entre desaliento y enojo, mi hermana me preguntó «¿qué llevabas en la bolsa?». Mi celular no porque seguía secándose en arroz (¡Dios mío gracias por ese cubo de agua en el que se cayó en la mañana!). Mi cartera, sí. Sin una gran cantidad de dinero, afortunadamente. Pero mi agenda de negocios estaba allí (con dibujos y organización que no volverían) y…

Sí, también la libreta donde tenía todas las ideas de la siguiente parte de «Vivir de Sueños».
Las biografías de los personajes. El esquema de capítulos. El resumen de los siguientes escenarios. ¡Todo!

Recuerdo que los primeros minutos estaba convencida de que todo se resolvería. Que encontraríamos al responsable y podría recuperar al menos mi libreta con las notas de mi novela. Pero al pasar de los minutos, sin importar cuánto nos desesperara la búsqueda, sin importar que hubiéramos conseguido la cinta de las cámaras de vigilancia para sólo ver la sombra de un ladrón que se llevaba una bolsa de pollitos; sin importar las oraciones hechas, entendí…

La bolsa no volvería. Y, entre todo, más importante aún…

La libreta de mis notas de escritura tampoco.

¿Contexto duro o una “señal divina”?

Me acuerdo que comencé a cuestionarme. A veces los cristianos sufrimos de crisis internas porque no identificamos entre una acontecimiento difícil y una señal específica de parte de Dios.

Para nosotros todo tiene un por qué y un para qué. Y si no lo entendemos a la primera, nos ponemos ansiosos, desilusionados o hasta temorosos.  En esa tarde de 21 de diciembre, yo estaba segura de que Dios podría regresarme mi bolsa y mi libreta de ideas. Ya sea porque el ladrón se “arrepintiera”, porque el mismo hubiera botado la bolsa y el contenido al darse cuenta de lo poco valioso que era (¿quién querría una libreta llena de rayones que no se entendían?), o simplemente porque atrapáramos al responsable.

En el pasado habíamos sufrido de robos y todo terminaba bien… Así que, ¿por qué el Señor estaba tardando tanto esta vez?

Al darme cuenta que el robo no se resolvería, lo primero que pensé fue “bien, Señor… ya entendí, no quieres que escriba, ¿verdad?”. En aquel tiempo, Un Plan Mayor y sus respectivos libros de la trilogía, no eran más que un pasatiempo, lejos de la idea de publicarlos. Pero sentí que de allá arriba me llegaba un mensaje: Deja de perder el tiempo en esto y ponte a hacer otra cosa de mayor valor.

Quizá dedicaba muchas horas a escribir. Quizá debería estar haciendo otra actividad más «digna» del servicio de la iglesia. Quizá debería enfocarme, entrar en razón, que esto sólo es un sueño y nada más, que esto sólo es un pasatiempo.

Pensé en la probabilidad de que el ladrón hubiera tomado el dinero en mi cartera para entonces botar la bolsa y la libreta en algún basurero. Que mis ideas de escritura no eran más que eso: Basura para un bote. Basura que no tenía valor aunque yo estuviera llorando, con el corazón en los pies, por ésta.

“Esto es lo que quieres, Tú, ¿verdad? Ya no quieres que pierda el tiempo en esto…”. Dramático hoy, pero muy personal aquel día. La voluntad de Dios estaba convirtiéndose en algo muy importante para mí, en un tiempo donde escribir me había acercado mucho a confiar en el Señor que antes (ni siquiera estando en la iglesia) podía entender bien.

Así que, eso sería todo…

Somos parte de un mundo caído… Y eso nos afecta

Mi hermana estaba conmigo, ya lo dije. Ella estaba mucho más enojada que yo por todo el asunto. Culpó a la seguridad del lugar, a nuestra distracción y poco cuidado con nuestras pertenencias e incluso se culpó a sí misma. Me acompañó al banco para dar de baja mis tarjetas bancarias o departamentales (resultó una fortuna estar muy cerca de esos puntos bancarios). Y entonces, en algún momento ella notó la desilusión en mi cara y las ideas negativas que se estaban maquinando en mi cabeza. De pronto, como si fuera la verdadera voz de allá arriba, se detuvo para decirme:

“¡No uses esto para dejar de escribir!”.

Su frase luchó contra el desánimo que cargué todo ese día. Pero en la noche, su frase germinó. Mi hermana volvió a acercarse a mí, cuando íbamos a ir a dormir. Me había escuchado contarle a mi mamá todo el embrolloso día que tuvimos, mis palabras sobre estar recibiendo una “señal divina” para abandonar la escritura «de hobby» en la que estaba metida. Y como si Dios quisiera al fin contestarme qué estaba pasando, mi hermana me recordó la realidad en la que vivimos.

Que este mundo, con todo y que es maravilloso y buscado día a día por la compasión de Dios, es también un mundo donde el libre albedrío de cada persona ha forjado violencia, inseguridad y dolor. Todos somos culpables, por supuesto, y al mismo tiempo, todos somos víctimas también. Mi hermana me recordó lo que Jesús le decía a sus discípulos: La realidad de este mundo, en el que tenemos aflicción, por causa de nuestros pecados y los de otros. Que aunque es duro de aceptar, a veces, la única “razón” tras un suceso difícil no es más que la imperfección y maldad que todos hemos concebido. No hay una razón especial tras un robo… Pues sólo es eso: un robo.

Y que si ahora sufrimos complicaciones, muchas de ellas sólo son el resultado de una humanidad caída, que está lejos de Dios y agitada por problemas o contextos dolorosos. Que hay cosas que, por más que queramos “entender” o ponerles sentido, en realidad, sólo son la vida diaria y nosotros en medio de ésta.

Punto.

¿Realmente “punto”?

No puedes explicarlo pero puedes aprender.

Se suponía que esta sería una anécdota corta para una imagen en Instagram, que debí publicar la semana del «aniversario». Pero tengo que admitir que al estar escribiéndola y reflexionando al respecto, creció en esto. No me quejo (espero que ustedes tampoco al leerla, ¡lo siento!), pero este análisis de un robo me ha ayudado a cerrar el año; este año tan duro, justamente.

No me cabe duda que este 2020 muchos de nosotros (o todos) tuvimos momentos de ansiedad, temor y duda. Cristianos o no, todos pudimos estar al borde de nuestra fuerza, mirando arriba y preguntando “¿por qué? ¿esto es lo que quieres, Dios?”. Este año, muchos pudieron ser la figura encarnada de un Job pidiendo respuestas ante su situación adversa. Y si en tu caso eres un seguidor de Cristo, quizá el asunto pudo ser un verdadero dilema.

Pero más de una vez no tendremos respuesta concreta. A veces no podemos saber por qué un familiar tuvo que enfermarse de este virus raro que ronda el mundo y en vez de aguantar como otros, se fue. No podemos contestar a la pérdida de empleo, ni hallar explicación al incremento de pobreza y depresión, porque tal vez una respuesta como “mal gobierno, injusticia social, crisis mundial” no es suficiente. Pero, si no podemos encontrar el por qué de lo que está ocurriéndonos, podemos estar tranquilos si estamos en las Manos seguras…

Cuando mi hermana habló conmigo ese 21 de diciembre y me recordó la realidad del contexto que vivimos, Dios también me hizo recordar por qué escribía. Sí, lo hacía por pasar el tiempo, por amor a la escritura y porque me encanta sentarme horas escribiendo sobre mis personajes. Pero también lo hacia porque era una forma de hablar con Él. De presentarle preguntas sobre la fe, la voluntad y los sueños y escucharlo responderme por lo vivido en mis personajes. Escribir había pasado de ser un hobby para convertirse en un tiempo a solas con el Dios que al que sólo conocía de “oídas” anteriormente. Era una forma de agradecerle por darme esos tiempos de escritura, por sostenerme y estar conmigo.

Y desde luego, era un tiempo en el que aprendía a confiar en él, al saber que así como yo escribía las vidas de Jael Keller, Mikhail Luttenberger o Stephen Bookham* (y el resto de ellos), Él estaba escribiendo mi propia historia, con la diferencia de que sus ideas y planes son perfectos; más perfectos que los de cualquier escritor en la Tierra.

La experiencia del robo, también me hizo recordar quién era mi inspiración para escribir. Quién era mi motivación para sentarme a escribir. Quién traía las ideas, quién era superior a mi contexto difícil y a todos los problemas. Y entonces entendí que, aunque no podría saber por qué un ladrón decidió robar mi bolsa justamente el día que llevaba mi libreta de ideas, sí podía dejarlo ir (con todo y libreta), porque mi verdadero motor de escritura no estaba en una bolsa, ni siquiera en mi cabeza.

El verdadero impulsor de mi vida es superior al Universo entero y aun con su grandeza Él se inclina a mí para decirme que me ama, que me sostiene, que cuidará de mí en los contextos y años más duros. Que si me ha dado a su propio Hijo para redimir mis pecados y reunirme con Él, todo lo demás ha sido añadido: Incluso en años tan duros como este 2020…

Y en todos los años que vengan para mí y todos aquellos que lo busquen.


¿Cómo estuvo este 2020 para ti?

Cada historia es un libro digno de escribir y este 2020 seguro dejó muchas anécdotas para contar. Háblame un poco de tu año e inspira(me) junto a otros para darnos ánimo este 2021 que ya se avecina.

¡Feliz año nuevo! Y qué el Señor y Creador de todos sea el dador de ánimo, inspiración y consuelo para cada día. ¡Un abrazo (sin Covid) para cada persona que lee esto!

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