Las obras infantiles nos hacen cambiar los zapatos de talla grande para calzarnos de nuevo los más chicos. Nos convertimos en niños de nuevo, cada vez que leemos otra buena historia para ellos, y todo ese valor y amor que los personajes han aprendido, se quedan con nosotros al cerrar las páginas y retornar al mundo real adulto que no tiene que ser fatal y gris todo el tiempo... En especial si hemos aprendido a ver hadas y a luchar contra dragones.
