Escultura de oro… O sólo de yeso: ¿Quién es «mamá» realmente?

Es mayo. Es mes de las madres. Es mes de buscar retribuir un poco de lo mucho que esa persona ha hecho por nosotros desde antes de tener noción de consciencia. La palabra madre (mater en el latín culto) es una de las palabras más antiguas del mundo. Es raíz de un centenar de palabras más cuyos significados se relacionan al concepto de «origen» y «nacimiento». Es una de las palabras más estudiadas por los lingüistas debido a su correlación en casi todos los idiomas del mundo; como si la idea de «la madre» fuese la misma en cualquier cultura, época y lengua.

En esta línea de ideas, madre significa «quien da origen o nacimiento a un otro». La palabra matriz tiene mucho que ver en esto, o quizá el hecho de que matriz y madre provengan de la misma raíz es justo porque son, básicamente lo mismo. Una madre es una matriz que gesta y una matriz (no sólo biológica sino también emocional) es parte inseparable de una madre.

¿Ya los revolví tantos datos del tema lingüístico? Mi plan no es redundar en conceptos semánticos, solo quiero que sirva de introducción al hecho de que «madre» es, conceptual y socialmente, una de las palabras y figuras más relevantes en la vida humana (y también animal ojo). Pero como seres de un instinto racional diferente al de los animalitos, el ser humano no sólo ve en la madre a un ser que gesta, cría y desarrolla a otro, también ve a una figura a la cual elogiar y llenar de adornos. Y si bien, muchos de estos elogios son enteramente merecidos, también suelen superponerse por encima de la realidad de lo que una madre es…

En otras palabras, la figura de mamá, aunque es importante y de enorme estima, es una figura romantizada, llevada más allá de quien realmente es, y por ende, malinterpretada y colocada en un pedestal que a veces es incorrecto y también peligroso.

Vamos a ver…


Símbolos y palimpsestos

La madre es un elemento esencial de toda la sociedad (al igual que el padre). Hay algo biológico y emocional que estrecha a toda madre con el individuo que será su hijo o hija. Y por supuesto también hay un elemento espiritual que nos hace tener en ella una jerarquía; un orden que, si se mantiene bajo los estatutos de nuestro Creador, es una jerarquía santa y de bien para todos en casa. (Y si no, entonces esa jerarquía provocará caos como ya lo veremos).

Según la Biblia, hay bendición en concebir (dar origen) a un hijo, pero hay mucha más en criarlos y dirigirlos a Dios. La mujer que edifica la casa es la mujer elogiada y llamada «ejemplar» en la Biblia, no sólo la mujer que gesta. Entonces, la madre no solo da origen a un nuevo ser, también se encarga de dirigirlo hacia el camino del bien, en este caso, el camino hacia su verdadero Creador: el Señor. Adonai usa constátenme la figura materna para ejemplificar y afirmar su amor por Israel y también por nosotros. Jesús hace lo mismo, no solo evocando a las madres humanas, sino también a las mamás animales: «¿Cuántas veces quise ponerte bajo mis alas igual que una gallina pone debajo de las suyas a sus polluelos?» (Mateo 27:37, perífrasis).

Si vemos a una madre como esto: una mujer frágil por sus pecados y errores, podremos ir más allá de nuestra ingenuidad y de las heridas del pasado. Si vemos a nuestra madre como una mujer que lo ha pasado tan mal como nosotros, podremos entender mucho más de sus acciones. Quizás no haga tan fácil perdonar ciertos daños, pero al menos soltará un poco la soga con la cual la hemos atado a nosotros. Nos hará más firmes en lo que es sano y lo que «debemos» aceptar por un falso amor. Y nos hará más capaces de sobrellevar cuando «mamá» no sea la figura perfecta que pensamos.

Protección, amor incondicional, permanencia y sanidad, son características de una madre, más allá de toda obra gestante.

Pero… ¿Qué pasa cuando estos elementos se superponen a una verdad que no cambia? La verdad de que una madre (humana) antes de ser «madre» es una mujer, es un ser humano, es una persona imperfecta que no solo sufre y es vulnerable, sino que también puede hacer sufrir y herir a otros (y sí, hablo de su propia familia, esposo e hijos). Comenzamos con lo incómodo de este post de blog.

Una madre hecha de arena no de granito ni oro

Debido a las características romantizadas que se le atribuyen a toda mamá en el mundo, ésta se ha vuelto no solo una figura sublimada sino también de categoría infalible. A una madre nunca se le debe cuestionar, nunca se le debe hacer notar sus acciones, pues es siempre «incondicional» en su amor y por ende totalmente confiable. Una madre nunca se equivoca, dice la frase, y por lo tanto, cualquier error notado debe ser cosa del hijo o la hija, del esposo, y no proveniente de su mano.

Pero, seamos honestos, y de verdad lo digo sin intención cizañosa, solo quiero hacer resaltar algo que quizás tú ya has visto: Nuestra madre no es una escultura dorada; debajo de la cobertura de oro hay una figura de arena, desmoronable, fisurada, débil, que se agota, se cansa y sí, se destruye por sus errores. Nuestra madre no es un superhéroe que puede hacer todo a cualquier hora, no importa cuántas canciones le hagamos, ni cuántos poemas le dediquemos. Ella se cansa, se hastía de la rutina, se hace preguntas sobre qué pasaría si no hubiera tenido hijos tan joven, si se hubiera casado después, si acaso recibiera más apoyo en casa. Es una persona como tú a quien le fastidian los calcetines y calzoncillos dejados en el baño o en el piso de la recámara, que quisiera un día no cocinar sino solo quedarse recostada, que piensa en lo bueno que sería salir sola de vez en cuando…

Es una mujer y por tanto, tiene deseos que no necesariamente deben estar relacionados a su familia las 24 horas. Es un ser humano, y por tanto, piensa y anhela con egoísmo, y muchas veces actuará bajo el influjo de ese egoísmo. Estas acciones egoístas saltarán a la luz y cuando menos te lo esperes, la mamá perfecta y dorada te habrá herido con una palabra, una acción indiferente, una orden injusta. Entonces, aquella imagen romantizada comenzará a contrastar con la realidad de la madre que ves cada día. Mientras en la generalidad una madre es vista como la figura más amorosa del mundo, quizás tú en casa no convivas exactamente con esa persona…

¿Acaso la sociedad se equivoca y ha creado a una «madre» irreal? ¿O sólo tú tienes la mala suerte de no tener la madre cercana y confiable como la que presumen otros amigos de la escuela o la iglesia?

El palimpsesto de una madre

Me gusta desentrañar paradigmas, ir contra la corriente de lo que se nos establece como «un hecho» (y a veces hasta «fundamentado» con la Biblia), cuestionar, preguntar, pedirle a Dios respuestas que vayan más allá de mis ideales y los de un grupo. Creo sinceramente que formarnos paradigmas de lo que «debe» ser una persona es el camino directo a nuestro fracaso con ella o él. Seguir las rutas sociales acerca de que una madre es perfecta, es un ser siempre lleno de amor y bondad, incondicional en sus afectos, casi héroe de la guerra familiar, es justo una ruta hacia el fracaso para todo hijo e hija.

Tuve que aprender de forma muy dura (y sigo aprendiendo, de hecho) que mi madre, antes de ser «madre», es una mujer llamada Carolina, que fue una joven, una adolescente y una niña. Que aún hoy, siendo «madre» esa mujer no se ha extinto y trae dentro de ella una larga historia de hechos que me preceden. Cuando yo aún no existía en este mundo, Carolina H estaba ya en el mismo, creciendo en medio del contexto social, político y familiar que es inevitable para todo ser humano. Dicho contexto forjó a una mujer, a un ser humano, y sumó cargas y dolor en ese ser humano. Su propia madre, mi abuela, otra mujer, imprimió sobre ella una crianza, muchas veces no muy buena, y la selló de patrones e incluso de ciertas patologías narcisistas que mi madre ha llevado a cuestas sin darse cuenta. Su propia maldad (la que todos tenemos) la llevó a tomar decisiones que la perjudicaron, y con ella a toda su familia. La Gracia de Dios la alcanzó, la selló de su Promesa, y la ha hecho crecer día a día, pero el camino no siempre ha sido una vereda verde y continua.

Este párrafo lo he escrito en menos de 2 minutos, pero me llevó más de 15 años entenderlo. Mi egoísmo y mis heridas constantemente me gritan juicios en contra de mi madre, porque solo veo heridas causadas por la figura que, se supone, es «puro amor incondicional» (según la sociedad y nuestros sueños). Hemos impuesto un palimpsesto, un grabado sobre el grabado real de lo que es una madre: una mujer que gesta y cría, lo mejor que puede, a un otro. Curiosamente, cuando la figura del padre se rompe, como por ejemplo cuando un padre abandona a sus hijos, la sociedad mira sus acciones con crítica pero con «normalidad». Como si ser padre supusiera que hay un hombre detrás que puede ser capaz de abandonar a sus hijos en cualquier momento. No causa «sorpresas», solo indignación. Al final, la indignación se supera y nadie habla más allá de los errores «humanos» que un padre puede tener. Pero en cuanto se trata de la madre, las apuestas sobre su conducta crecen mucho más y no se puede ver por debajo de estas ideas románticas. No existen mujeres malas, sino malas madres y en comparativa con los malos padres, a ellas se les recrimina con creces.

Mirar solo el palimpsesto de «madre» es peligroso por dos razones:

  1. Nos hace románticos e ingenuos y por tanto, nos hace tolerar cualquier cosa que venga de su parte, incluso órdenes y actitudes nocivas solo porque «es nuestra madre» y…
  2. Nos hace hiperjuiciosos y nos evita sanar heridas, pues seguimos juzgando a nuestra madre como la figura «perfecta» que nunca debió herirnos, en lugar de verla como la figura humana que comete errores y pecados IGUAL que yo.

En ambos casos, el palimpsesto romántico de «madre» nos da una figura camuflada, falseada, y muy alejada de la realidad. Nos vuelve poco empáticos (a la hora de tratar de entenderla) y nos vuelve vulnerables (a la hora de que nuestra madre nos hiera y su orgullo humano no nos permita sanar lejos de ella). Para muchos aquí, hablar de esto puede ser incómodo. ¿Cómo una madre puede causarle mal a un hijo? La verdad es que sí, pasa, ha pasado y pasará. La verdad es que sucede más de lo que nos imaginamos y más de lo que queremos aceptar. Le pasa a amigos en la escuela, a personas EN la iglesia, quizás a ti. En lugar de tener a una amiga en forma de «mamá», tenemos como madre a una humana que no ha trabajado en sus propios pecados y malos patrones familiares, y por tanto pone sobre nosotros cargas, órdenes injustas, actitudes nocivas y muchas heridas que se permanecerán en nosotros por años en el futuro. Si los cristianos quisieran abordar más el tema del narcicismo materno se darían cuenta de que hay muchas madres cristianas que SON y están forjando narcisistas, se darían cuenta de que ninguna madre esta exenta de dañar profundamente a sus hijos y que aprender a verlas como mujeres, antes que madres, nos ayudaría muchísimo a sentirnos menos heridos, más fuertes emocional y espiritualmente, y a ser más compasivos con ellas.

Y para prueba de mujeres erradas siendo madres, un botón (o tres historias, todas en Génesis, curioso):

  • Sara: La mujer de Abrahan que es incapaz de tener hijos y no quiere esperar a la promesa que Dios ha hecho al respecto. Ofrece a su esclava egipcia, Agar, para que su propio esposo duerma con ella y entonces «tener» un hijo de ésta. Cualquier intento de justificas a Sara es inútil, y empeora cuando vemos los celos de esta mujer en contra de su propia esclava quien sí pudo gestar un hijo, Ismael. Al final, ni adopta al niño como suyo ni se responsabiliza de sus acciones.
  • Rebeca: La madre de Jacob y Esau. Aunque como esposa parece mantenerse atenta y al servicio de su esposo Isaac, que también es atento y bueno con ella, la única acción que la Biblia describe de Rebeca es a ésta aconsejándole a su hijo Jacob que engañé a su padre Isaac para recibir la vendición de primogenito que le correspondía a Esau. Así que no solo insta a su hijo a mentir (a su propio padre), también defrauda a su esposo y a su otro hijo. ¿Egoismo de una mujer y madre que prefiere tener favoritismos en vez de ser balanceada con el «amor incondicional» supuesto socialmente? Cabe destacar que este patrón de favoritismos lo llevó su hijo Jacob a su propia familia, y en serio que causó problemas.
  • Raquel: Para completar esta triada generacional… La segunda esposa (de 4 mujeres) de Jacob y la favorita. Por supuesto que el contexto es relevante, pues es en esta familia donde se evidencia una completa injusticia a las mujeres y su posición en la sociedad y la familia. Como meros artículos de venta e intercambio, Leah y Raquel son vendidas a cambio de años de trabajo y estas, a su vez, venden a sus propias esclavas para tener una competencia de fertilidad. Las hermanas que deberían amarse y apoyarse se vuelven enemigas gracias a que hay una estructura social basada en el gusto y placer de los hombres, negándoles todo derecho a objetar. Pero recordemos esto: Ser herido no es nunca la excusa para herir a otros. Recibir un patrón de conducta nocivo, no es la excusa para ejercerlo (en especial si ya nos hicimos conscientes de su existencia). Raquel compite todo el tiempo con su hermana Leah para ver quién dormirá cada noche con Jacob. Las esclavas se vuelven también objetos y enemigas de esta competencia y los hijos, primero víctimas, se convierten en jugadores de ese sistema nocivo. La responsabilidad sin duda es de Jacob, pero la ayuda tóxica que Raquel y las otras mujeres ofrecen gratuitamente para hacer a la familia un nido de males, es innegable. La madre que «debía» proteger a sus hijos de tales consecuencias, fue una de las causantes.

Quiero aclarar que estas tres mujeres no valen menos, ni más, que aquellas otras figuras de mujeres y buena maternidad dentro de la Biblia. Porque ese es mi punto: Ellas eran tan sólo seres humanos, rotas, torcidas, que sufrían y ejercieron sufrimiento en otros, que vivieron el egoísmo de su contexto social nada favorecedor y por ende engendraron y criaron hijos con ese mismo egoísmo. Si vemos a una madre como esto: una mujer frágil por sus pecados y errores, podremos ir más allá de nuestra ingenuidad y heridas del pasado. Si vemos a nuestra madre como una mujer que lo ha pasado tan mal como nosotros, podremos entender mucho más de sus acciones. Quizás no haga tan fácil perdonar ciertas heridas, pero al menos soltará un poco la soga con la cual la hemos atado a nosotros.

Jesús decía que actuemos con los demás tal como quisiéramos que ellos actuaran con nosotros. Que tratemos sus fallas con la paciencia, reflexión y comprensión que quisiéramos recibir en nuestras fallas. Que veamos más allá de la idealización romántica y veamos a la fragilidad humana, tal como quisiéramos ser vistos con compasión.

Y eso incluía a nuestras madres… A esa mujer (añade aquí su nombre) que te dio origen y fue herida y sacudida, a su vez, por la mujer que le dio origen a ella.

Este mes de mayo, piensa en tu madre no como madre, sino como mujer y ser humano. A que dejas de pensar en regalos de flores, electrodomésticos y collares. Si es así, entonces sigue pensando en ella de este modo, el siguiente mes, el resto del año, todos los días… En los mejores momentos y sobre todo, en los dolorosos. Verla como es nos ayudará a enjuiciarla menos y también a evadir ese ciclo interminable de relaciones tóxicas, llevadas por «amar» a un palimpsesto en vez de a nuestra verdadera madre.

¿Tienes una relación fuerte, sana y de confianza con tu madre? ¿O a veces suceden cosas, constantemente, que te hieren y te hacen dudar del amor de ella y de tu valía? ¡Leeré cada comentario con gusto!


Descubre más desde Elizabeth RH: Autora

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario